Brasil, sede de los Juegos Olímpicos: ¿una decisión acertada?

Por agosto 22, 2016Sin categoría

Si alguien cuestiona la relevancia de realizar un evento de la envergadura de los Juegos Olímpicos hoy en día, debe ver más allá de la pasión por el deporte. Los Juegos Olímpicos, por tradición, se han convertido en uno de los pocos escenarios de interacción, esencialmente apolítica, entre todos los países del mundo a través del deporte. No menos importante, es una plataforma sociocultural de gran alcance y cada vez se consolidan como juegos más inclusivos. No obstante, su realización requiere de inversiones financieras, infraestructurales, salubres y de otras índoles que podrían resultar exorbitantes para un país en vías de desarrollo. Esto ha llevado a cuestionar la elección de Brasil como sede de los Juegos Olímpicos de Verano que se llevaron a cabo durante el mes de Agosto de 2016. La prensa especializada y analistas socioeconómicos han puesto en duda la capacidad de la nación de satisfacer las necesidades que demanda un evento de la magnitud de los juegos por la situación actual del país. ¿Acaso debió ser electo un país en vías de desarrollo, con una situación sociopolítica inestable, una economía estancada y problemas de seguridad como anfitrión de uno de los eventos más complejos?

Antes de entrar de lleno en los juegos, es importante tener en la mira el estado reciente de la economía brasileña. Si bien es cierto que es una de las economías de mayor y más diversa producción, y con mayores recursos de Latinoamérica, es imperativo resaltar los retos que enfrenta la misma. Para el primer trimestre 2016, su economía se contrajo un 5.4% interanualmente. Igualmente, de enero de 2015 a la actualidad, su tasa de desempleo ha aumentado de un 6.8% a un 11.3%, mientras que los salarios promedios han descendido. Las tasas interanuales de inflación se han mantenido desde 2015 al menos por encima del 7% y la deuda pública aumenta paulatinamente, debilitando su sostenibilidad.

Hablar de estas cifras sencillas puede resultar ingenuo si no tomamos en cuenta los retos sociales de la nación hoy en día. Brasil es una sociedad con altos niveles de desigualdad social y económica, con graves problemas de seguridad y salubridad. Este ha sido uno de los argumentos principales de los opositores sobre la realización de los juegos en la nación, ya que argumentan que les resulta ilógico atender un evento de requerimiento económico tan elevado cuando una gran parte de la población local no tendría la posibilidad económica de disfrutar sus propios juegos. No obstante, el problema social en Brasil ha convergido con un problema político también. La destitución de su líder, Dilma Roussef, del cargo de presidenta por graves acusaciones de corrupción en su contra, y la designación de su vicepresidente Michael Temer como presidente interino ha provocado un caos social que ha traspasado fronteras.

Los retos que suponen unos Juegos Olímpicos para el país sede cada vez son mayores. La inclusión de nuevas delegaciones y disciplinas año tras año es un fenómeno inminente que aumenta el volumen de atletas y personal en los juegos. Por ende, los costos de garantizar que cada uno de ellos participe bajo perfectas condiciones de alojamiento, alimentación, y otros servicios esenciales aumentan. En los juegos de Rio de Janeiro de 2016, participaron alrededor de 1,000 atletas y diez delegaciones más que en Atlanta, 20 años atrás. Además, se agregaron al menos 30 eventos deportivos. La vasta gama de disciplinas añade una enorme inversión adicional para adecuar, preparar y mantener los múltiples escenarios de juego con las condiciones de electricidad, agua y otros servicios necesarios en punto. Además, los recursos tecnológicos necesarios para proveer eventos de calidad y establecer importantes sistemas de comunicación representan costos de envergadura. Si a esto agregamos la presión que representan las expectativas de los espectadores en presenciar juegos con mayor innovación, lujo y calidad, los Juegos Olímpicos podrían significar un reto que podría fácilmente salirse de las manos a cualquier país, a pesar de los impactos positivos que pudiera traerle al sector turístico y al consumo en la nación, por mencionar algunos de los sectores con principales ganancias potenciales.

Si bien el costo efectivo de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro no ha sido reportado con precisión, un estudio de la Universidad de Oxford estimó que los mismos superaban en un 51% el presupuesto original, aunque permanecen modestos en comparación a ediciones anteriores. Tras la falta de apoyo económico a los Juegos, el gobierno nacional tuvo que desembolsar US$895 millones de emergencia para cubrir los gastos de seguridad de los juegos, a pesar de la crisis económica en la nación.

En 2004, Grecia fue sede de los Juegos Olímpicos más costosos de la historia hasta esa fecha, con costos cercanos a €9 mil millones (actualmente €11 mil millones). Si bien los juegos en sí recibieron críticas favorables, para finales de 2004, el país registró un déficit de 6.1% de su Producto Interno Bruto (PIB), más del doble de lo permitido por la Unión Europea, mientras que su deuda, el 110% de su PIB. En consecuencia, la nación se convirtió en la primera en estar bajo monitoreo fiscal por la Unión Europea. El endeudamiento a raíz de los juegos es ampliamente considerado como un factor de influencia en la crisis económica griega. Por su parte, la República Dominicana fue sede de los Juegos Panamericanos de 2003. A pesar de ser un evento de mucha menor envergadura, fueron realizados en el marco de una crisis económica agudizada por el desastre financiero que caracterizó la época tras la quiebra de tres de los principales bancos del país. Resulta interesante investigar sobre los efectos económicos de unos juegos que, aunque de menor costo, fueron realizados en una nación de baja capacidad socioeconómica.

A pesar de todo esto, los Juegos Olímpicos mantienen su significado y relevancia social, y atrayendo una mayor cantidad de seguidores y espectadores. A su vez, dinamizan la actividad turística y, consecuentemente, los niveles de consumo del país sede, lo cual puede convertirse en un potencial motor económico para la nación anfitriona. No obstante, pudiera argumentarse que, en un país con mejor situación socioeconómica, los beneficios de realizar juegos pudieran contrarrestar de mejor manera sus elevados costos. Esto requiere un estudio económico con mayor detalle.

Es más complejo analizar con certeza qué tan acertada fue la decisión de elegir a Brasil como país de los Juegos Olímpicos. Lo cierto es que los mismos han finalizado y prácticamente todos los eventos han sido completados con éxito. Ahora, las bajas expectativas previas y los inconvenientes suscitados antes y durante los juegos deben ser un punto de partida importante para análisis futuros sobre dónde y bajo qué condiciones realizar unos Juegos Olímpicos.